Cristian tenía 19 años cuando la bala de la injusticia, la que quita oportunidades, la de los verdugos, entró por su muslo y lo dejó tendido sobre el piso donde laburaba todos los días.

Como muchas personas de su edad, le costaba conseguir el mango, tenía dos laburos y apenas arrimaba lo mínimo para subsistir. La adolescencia no le fue fácil, pero le daba para adelante, porque eso es lo único que tienen lxs hijxs del pueblo: el horizonte de que algún día las cosas andarán mejor.

Días antes de que Juan Ramón López, policía de la bonaerense, acabara con su vida, Cristian le había comentado a su mamá que la policía lo venía hostigando, que tenían un trabajito que darle. Querían que venda algo, querían tenerlo como esclavo del delito organizado, como un pibito desechable para hacer el trabajo sucio. Cristian no quería saber nada, asimismo sabía que eso no iba a terminar bien, que ellos deciden sobre la vida de lxs pibxs del barrio.

De nada sirvió el aviso a la familia, tres balas lo estaban esperando a la entrada de su trabajo como sereno de una chatarrería. La policía, como siempre, dijo que estaba afanando con otro pibe y que hubo un tiroteo. El arma que se encontró cerca del cuerpo de Cristian era una 32 que no servía para disparar, que nunca había pertenecido a él y que no siquiera lxs vecinxs escucharon detonar; pero eso no bastó.

Quisieron enredar a la madre llena de bronca y pena para firmar papeles que no entendía. Le leyeron una declaración que sabían bien que no podía escuchar por su sordera, pero eso, a ella no le alcanzó.
Su familia se organizó para pedir justicia por él y por todas las personas asesinadas por el aparato represivo del estado.

Hoy recordamos a Cristian como lo que era: un pibe humilde y compañero de Moreno. Era un pibe que ninguna pericia ni ningún legajo oficial podrían describir, Cristian permanece en la memoria de sus amigxs y familia, intacto como antes de ese 15 de abril de 2009. Hoy decimos bien fuerte: ¡Cristian Ariel Vallejos, presente!

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