La síntesis que nos propuso la inefable Mafalda hace tantos años, no ha perdido vigencia, pero se ha quedado corta.

El bastón Tonfa PR, 24 sigla en inglés que significa POLICIAL RECURSO 24 PULGADAS (60 cm. de largo), es el siempre mal recordado bastón policial que una vez más será distribuido entre el 60% de la fuerza policial de la Provincia de Buenos Aires (unos 55 mil efectivos aproximadamente) desde que egresan de la Escuela de formación básica hasta el grado de oficial principal, inclusive.

Con la firma del ministro Ritondo, se conoció una resolución que lo ordena y que incluye una serie de explicaciones a través de un manual con definiciones que, si no fuera por la gravedad que entraña la “enseñanza”, deberíamos atribuirlo a una retardada manera de cumplir con el rito del día de los Inocentes.

“El personal policial no tiene elementos de ataque; solo posee herramientas de trabajo para actuar en forma defensiva y preventiva. El tonfa permite al policía actuar en determinados hechos sin tener que usar un arma de fuego, cuando no lo amerita”, explicó al diario La Nación un estrecho colaborador del ministro de Seguridad, Cristian Ritondo.

Un homenaje a la ironía o un repugnante empleo del eufemismo que se extiende al manual instructivo, que también explica que el material es tan resistente que puesto de punta sobre un banco aguanta 6 toneladas de peso sin romperse, y por eso el fabricante asegura que no puede ser quebrado por fuerza humana.

Desde llamar “herramienta de trabajo” (denominación correcta si se habla de su origen como instrumento de labranza en el Oriente pero que pierde ese carácter en manos de la burocracia funcionaria encargada de la represión) hasta las “áreas de aplicación” que describe al ciudadano como si fuera un blanco móvil con el 90%  de su humanidad a entera disposición del golpe tajante o de potencia que descarga. Todo el decreto que lo habilita esconde que la tonfa es un arma y es letal como cualquier otra.

El uso de la tonfa está reglado de modo tal que se puede pegar en todo el cuerpo, preferentemente en miembros superiores e inferiores, laterales y abdomen a gusto, sobre los riñones será de aplicación moderada (SIC) pero los golpes en genitales, columna vertebral y cabeza se consideran “zonas a evitar”.

Y al mismo tiempo desliza que el uso debe limitarse a principios de legalidad, razonabilidad y gradualidad (del mismo modo que para el uso del arma de fuego y que pese a su vigencia se ha cobrado miles de muertes en casos de gatillo fácil).

Más allá del absurdo de pretender enmarcar en la gradualidad y proporcionalidad a quien se lo forma para la represión más bestial y cruenta (basta conocer los recientes antecedentes de formación en escuelas de La Rioja y Entre Ríos), obsérvese cómo el eufemismo “zona a evitar” habilita a pegar allí dónde causa el mayor daño justificado luego con un “fue culpa de la víctima que se movió”.

Si ha pasado en casos de gatillo fácil (por ejemplo Marcelo “Empanadita” Bogado, asesinado con un balazo en la nuca cuando estaba esposado y arrodillado en Villa Tesei  por el bonaerense César Díaz justificado por  “imprudente”), ¿qué impide que se invoque en el caso de una conmoción cerebral producto de la tonfa usada a discreción?

El emblemático caso de Walter Bulacio empezó de esa manera, el 19 de abril de 1991, en la razzia que la Policía Federal desató en Obras. Uno a uno fueron metiendo a los detenidos en colectivos, pero previo a ello los golpearon con el bastón tonfa. Walter se descompuso al llegar a la Comisaría 35 y murió a los pocos días.

Todo el andamiaje judicial y político de turno protegió a la policía, cuyo jefe seccional recibió -23 años después- una condena irrisoria por un delito menor. La estrategia fue demorar pero también negar cualquier vinculación entre los golpes que derivaron a Walter al Hospital y su posterior fallecimiento.

El “yo sabía que a Bulacio lo mató la policía” es la verdadera condena, pero es también la mejor denuncia sobre lo que significa habilitar las diferentes maneras de desplegar la violencia represiva sobre el pueblo indefenso.

Un lugar preponderante en la tasa de homicidios en la modalidad de gatillo fácil que se registran fueron cometidos por policías fuera de servicio. El policía fuera de servicio no porta tonfas.

Esto desmiente categóricamente la presunta voluntad de querer aminorar esa política con la que justifican el retorno a la Bonaerense del bastón (de la PFA nunca se fue).

El uso de la tonfa no estaba prohibido, sólo había quedado en desuso, Claro que no por estas razones, en paralelo aumentaron significativamente los usos de armas de fuego en la modalidad gatillo fácil. La provincia de Buenos Aires y en especial sus tres cordones suburbanos, fueron y son escenario corriente de estos casos.

La avanzada represiva que el tándem Macri-Vidal y los gobernadores en general han desplegado para afianzar el ajuste, cuenta hoy con un arma más, que no es alternativa ni disuasiva.

La tonfa es un arma ofensiva y letal más que se suma a la capacidad represiva del estado sobre la población.

Tenía razón Mafalda, pero se quedó corta, no sólo abolla ideologías. Disciplina, somete y mata, función específica de eso que el manual instructivo pretende “herramienta”.

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