Lectura: 4 min.

La historia de Hernán Ibiris, un joven trabajador, vecino de Escobar, exige contar primero la de Fernanda Verón. Una historia que entrelaza, una vez más, la violencia machista con la violencia policial, y muestra como se potencian recíprocamente.
Fernanda estaba separada del padre de su hijo, el teniente de la policía bonaerense y perito balístico, jefe del gabinete departamental de Zárate-Campana Omar Britez. Desde que, cansada de los golpes y otras agresiones, lo había echado de su casa, Fernanda vivía aterrada con el constante hostigamiento y amenazas, que se extendían a su familia y sus amigas. Cada vez que intentaba denunciarlo, se encontraba con la negativa de las policías de la Comisaría de la Mujer a tomarle declaración, e incluso en las fiscalías de Escobar pesaba el apellido Britez. Recién con mucho esfuerzo, acompañada por su padre, su hermano y su nueva pareja, Hernán, logró radicar una denuncia el 11 de agosto de 2009 en la fiscalía, después de un hecho grave.
La fiscalía se limitó a convocar al violento uniformado a una entrevista de “orientación psicológica” el 20 de agosto. En el informe posterior a la reunión, la licenciada que lo atendió consignó que se había mostrado “muy colaborador” y que “estimaba que el conflicto familiar podía resolver en un ámbito de mediación”. De las amenazas de muerte, el arma en la cabeza y los intentos de estrangularla, ni media palabra, el violento fue calificado de “amable y conciliador”.
Esa misma noche, ya en la madrugada del 21 de agosto, Fernanda y Hernán se despertaron con los disparos. Britez había irrumpido en la casa, y desde la puerta del dormiitorio, apenas a unos metros de donde dormía su propio hijito, tiró 13 veces, mientras gritaba “te dije que esto iba a pasar”. Hernán alcanzó a cubrir a Fernanda con su cuerpo. Once proyectiles le impactaron de lleno, y cinco pegaron en ella.
El policía, después de vaciar el cargador, salió muy tranquilamente, se subió a su auto y manejó hasta la subcomisaría de Matheu, donde, casualmente, trabajaba uno de sus hermanos. “Me mandé una macana”, le dijo al ayudante de guardia.
Hernán alcanzó a salir hasta el patio, a pedir ayuda, antes de morir. Fernanda sobrevivió-gracias a la protección de su compañero recibió los disparos en las piernas y cadera- pero tardó casi dos años en volver a caminar sin apoyo.
El que “se mandó la macana” quedó preso, y desde CORREPI acompañamos a la madre y hermanos de Hernán, y a Fernanda, para reclamar su condena. Llegamos a juicio y el 3 de julio de 2013 el tribunal oral dictó sentencia. Fue un juicio duro, en el que Fernanda volvió a ser violentada, esta vez por el poder judicial. Cuando entre lágrimas y con el rostro crispado ella relató la secuencia de ataques, tentativas de femicidio, las amenazas y finalmente la pesadilla de los disparos en la noche, la presidenta del tribunal oral la interrumpió: “¿Dígame, usted salía ya con Ibiris cuando todavía vivía con Britez?”. Cuando levantamos la voz para reclamar por la impertinencia de la pregunta, la respuesta de la señora jueza fue que “Quería saber si el imputado tenía razones para estar celoso”. Nuestra insistencia en que no íbamos a permitir esa pregunta nos valió un apercibimiento. Ejemplo de libro del machismo y el patriarcado encarnado en una mujer.
En nuestro alegato, explicamos que, aunque el femicidio aún no estaba reconocido en el código penal como figura agravada, el policía debía ser condenado a prisión perpetua, porque además de tratarse de un homicidio calificado por su condición de policía, se tenía que contemplar que fue un crimen cometido en el marco de la violencia de género desplegada por el uniformado. Estábamos ante un homicidio agravado consumado y otro en grado de tentativa, ambos atravesados por el uniforme y el machismo, es decir, un femicidio policial tentado y un femicidio policial relacionado consumado.
Pero con la señora jueza y sus colegas no hubo caso. Logramos la condena, una condena importante, a 20 años de prisión, pero sin ninguno de los dos agravantes. Brítez no fue condenado como policía ni como macho violento.
Siete años después de esa sentencia, el femicidio está reconocido en el Código Penal, pero las mujeres siguen padeciendo la victimización a que las someten en las Comisarías de la Mujer, en las Fiscalías, en los Tribunales, y seguimos dando batalla, juntxs y organizadxs, contra esa justicia de clase y machista.

Comments

comments