A 35 años de la detención, tortura y muerte de Walter Bulacio, enfrentamos hoy un escenario aún peor que el de aquellos lejanos ’90.
El 19 de abril de 1991, la policía federal hizo una razzia en las inmediaciones del estadio de Obras, en el barrio porteño de Núñez, donde tocaba una popular banda de rock. Hubo más de 100 personas detenidas, trasladadas a la comisaría 35ª y registradas aleatoriamente como “detenciones por averiguación de antecedentes”, “arrestos contravencionales”, o, en el caso de menores de 18 años, “ley 10.903” (la ley de menores).
Todas las personas detenidas que declararon en la causa penal contaron que fueron golpeadas o vieron como golpeaban a otras. Uno de los apaleados, de 17 años, era Walter, un pibe de Aldo Bonzi, estudiante de 51 año del colegio nacional Rivadavia, caddie del club municipal de golf, hincha de San Lorenzo.Walter se descompuso en la “sala de menores” de la comisaría, una celda como cualquiera, pero con ese cartelito en la puerta. A la mañana siguiente, salió en ambulancia hacia el hospital Pirovano, con custodia policial porque seguía detenido. Su padre Víctor, un obrero metalúrgico, llegó a la comisaría cuando ya se lo habían llevado, alertado por un chico vecino que apenas fue liberado corrió a avisarle que Walter no había ido como estaba previsto directamente a su trabajo en el club, sino que estaba detenido.
En el Pirovano los médicos diagnosticaron un traumatismo de cráneo grave y ordenaron una tomografía. Como no tenían tomógrafo, lo llevaron al hospital Rivadavia. El médico que lo recibió declaró ante el juzgado de instrucción que estaba apenas consciente, así que le preguntó quién lo había golpeado. No entendió qué quiso decir el pibe, que apenas murmuró “La yuta”.
De vuelta en el Pirovano, la gravedad del cuadro impuso un nuevo traslado, esta vez al sanatorio Mitre, por la obra social de la mamá. Allí Walter agonizó hasta el 26 de abril, ya sin recuperar la conciencia.La detención, tortura y muerte de Walter impactó fuertemente en el movimiento juvenil, especialmente el estudiantado secundario y universitario, que protagonizó masivas movilizaciones inusuales para la época, y se convirtió en bandera de lucha contra la represión policial. El trámite de la causa penal fue verdaderamente kafkiano. Cuando parecía inevitable que se decretara la prescripción de la acción penal, la Corte Interamericana de Justicia, a la que recurrimos ante la inacción de la justicia interna, condenó al Estado Argentino a eliminar todas las facultades policiales para detener personas arbitrariamente. A pesar de nuestros reclamos, ningún gobierno cumplió esa sentencia, dictada en septiembre de 2003.
Diez años después, en 2013, llegamos al juicio oral, un juicio que como dijimos entonces llegaba tarde e incompleto, porque sólo se juzgó al comisario Miguel Ángel Espósito por la privación ilegal de libertad seguida de muerte. Sin siquiera estar presente en la sala de audiencias (declaró por videoconferencia) lo condenaron a tres años de prisión en suspenso.
Pero mientras eso pasaba en los vericuetos judiciales, en la calle, en las canchas, en los recitales, se cantaba “Yo sabía que a Walter lo mató la policía”. Un grito que sigue vigente hoy, desde la garganta de pibes y pibas que ni habían nacido en 1991.
Treinta y cinco años después, en la Argentina de 2026, enfrentamos un escenario aún peor que el de 1991. Todas las fuerzas de seguridad, no sólo las policías, tienen facultades aún más amplias que entonces para interceptar, identificar, requisar y detener personas cuando, dónde y cómo les da la gana, gracias a las reformas de sus leyes orgánicas dictadas por el gobierno de Javier Milei y su banda, con Patricia Bullrich y la actual ministra Alejandra Monteoliva a la cabeza y sus émulos como el jefe de gobierno Jorge Macri. Lo vemos a diario en los barrios populares, como siempre, pero también en las estaciones de tren, los subtes, los colectivos, con los “operativos de control poblacional” que generan multitud de detenciones arbitrarias.
Los números de los fusilamientos por gatillo fácil, las torturas y muertes bajo custodia y la represión a la protesta social de la actual gestión de gobierno vienen batiendo todos los récords desde el fin de la dictadura cívico militar eclesiástica.
Por eso desde CORREPI elegimos recordar y homenajear a Walter con la militancia antirrepresiva cotidiana, y convocamos a organizarnos más y mejor para enfrentar este nuevo régimen de destrucción de derechos y garantías que nos asfixia.
¡Walter Bulacio presente!
¡Basta de detenciones arbitrarias!
¡Basta de torturas y gatillo fácil!
¡Basta de represión!









